La Fortaleza

Santo Job
Santo Job

NATURALEZA.- La palabra “fortaleza” puede tomarse en dos sentidos principales:
A.-En cuanto significa, en general, cierta firmeza de ánimo o energía de carácter. En este sentido no es virtud especial, sino más bien una condición general que acompaña a toda virtud, que, para ser verdaderamente tal, ha de ser practicada con firmeza y energía.
B.-Para designar una virtud especial que lleva ese mismo nombre. Y así entendida, puede definirse: una virtud cardinal infundida con la gracia santificante que enardece el apetito irascible y la voluntad para que no desistan de conseguir el bien arduo o difícil ni siquiera por el máximo peligro de la vida corporal. Expliquemos un poco la definición:
A).UNA VIRTUD CARNIDAL...puesto que vindica para sí, de manera especialísima, una de las condiciones comunes a todas las demás virtudes, que es la firmeza en el obrar.
b)...INFUNDIDA CON LA GRACIA SANTIFICANTE...para distinguirla de la fortaleza natural o adquirida.
c)...QUE ENARDECE EL APETITO IRASCIBLE Y LA VOLUNTAD...La fortaleza reside, como en su sujeto propio, en el apetito irascible, porque ejercita sobre el temor y la audacia, que en él residen. Claro que influye también, por redundancia, sobre la voluntad para que pueda elegir el bien arduo y difícil sin que le pongan obstáculo las pasiones. Propiamente, la fortaleza, en cuanto virtud, reside en el apetito irascible para superar el temor y moderar la audacia.
1...PARA QUE NO DESISTAN DE CONSEGUIR EL BIEN ARDUO O DIFÍCIL...Como es sabido, el bien arduo constituye el objeto del apetito irascible. Ahora bien: la fortaleza tiene por objeto robustecer el apetito irascible para que no desista de conseguir ese bien difícil por grandes que sean las dificultades o peligros que se presenten.
2...NI SIQUIERA POR EL MÁXIMO PELIGRO DE LA VIDA CORPORAL. Por encima de todos los bienes corporales hay que buscar siempre el bien de la razón y de la virtud, que es inmensamente superior al corporal; pero como entre los peligros y temores corporales el más terrible de todos es la muerte, la fortaleza robustece principalmente contra estos temores. Y entre los peligros de muerte se refiere principalmente a los de la guerra.

La fortaleza tiene dos actos: atacar y resistir. La vida del hombre sobre la tierra es una milicia (Job 7,1). Y, a semejanza del soldado en la línea de combate, unas veces hay que atacar para la defensa del bien, reprimiendo o exterminando a los impugnadores, y otras hay que resistir con firmeza sus asaltos para no retroceder un paso en el camino emprendido. De estos dos actos, el principal y más difícil es resistir (contra lo que comúnmente se cree), porque es más penoso y heroico resistir a un enemigo que por el hecho mismo de atacar se considera más fuerte y poderoso que nosotros, que atacar a un enemigo a quien, por lo mismo que tomamos la iniciativa contra él, consideramos más débil que nosotros. Hay todavía otras razones, que expone admirablemente Santo Tomás. Por eso, el acto del martirio, que consiste en resistir o soportar la muerte antes que abandonar el bien, constituye el acto principal de la virtud de la fortaleza.
La fortaleza se manifiesta principalmente en los casos repentinos e imprevistos. Es evidente que el que reacciona en el acto contra el mal, sin tener tiempo de pensarlo, muestra ser más fuerte que el que lo hace únicamente después de madura reflexión.
El fuerte puede usar de la ira como instrumento para su acto de fortaleza en atacar; pero no de cualquier ira, sino únicamente de la controlada y rectificada por la razón.

IMPORTANCIA Y NECESIDAD.- La fortaleza es una virtud muy importante y excelente, aunque no sea la máxima entre todas las cardinales. Porque el bien de la razón –objeto de la virtud- pertenece essentialiter a la prudencia; effective, a la justicia, y sólo conservative (o sea removiendo los impedimentos) a la fortaleza y templanza. Entre éstas dos últimas prevalece la fortaleza, porque es más difícil superar en el camino del bien los peligros de la muerte que los que proceden de las delectaciones del tacto. Por donde se ve que el orden de perfección entre las virtudes cardinales es el siguiente: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
La fortaleza, en su doble acto de atacar y resistir, es muy importante y necesaria en la vida espiritual. Hay en el camino de la virtud gran número de obstáculos y dificultades que es preciso superar con la valentía si queremos llegar hasta las cumbres. Para ello es necesario mucha decisión en emprender el camino de la perfección cueste lo que costare, mucho valor para no asustarse ante la presencia del enemigo, mucho coraje para atacarle y vencerle y mucha constancia y aguante para llevar el esfuerzo hasta el fin sin abandonar las armas en medio del combate. Toda esta firmeza y energía tiene que proporcionarla la virtud de la fortaleza.

VICIOS OPUESTOS.- A la fortaleza se oponen tres vicios: uno por defecto, el temor o cobardía, por el que se rehuye soportar las molestias necesarias para conseguir el bien difícil o se tiembla desordenadamente ante los peligros de muerte; y dos por exceso: la impasibilidad o indiferencia, que no teme suficientemente los peligros que podría y debería temer, y la audacia o temeridad, que desprecia los dictámenes de la prudencia saliendo al encuentro del peligro.

PARTES DE LA FORTALEZA.- La fortaleza no tiene partes subjetivas o especies por tratarse de una materia ya muy especial y del todo determinada, como son los peligros de muerte. Pero sí tiene partes integrales y potenciales, constituídas ambas por las mismas virtudes materiales, pero con la particularidad de que, si sus actos se refieren a los peligros de muerte, constituyen las partes integrantes de la misma fortaleza, y si a otras materias menos difíciles, constituyen sus partes potenciales o virtudes ajenas. Unas y otras se distribuyen del siguiente modo:

1. LA MAGNANIMIDAD.- Es una virtud que inclina a cometer obras grandes, espléndidas y dignas de honor en todo género de virtudes. Empuja siempre a lo grande, a lo espléndido, a la virtud eminente; es incompatible con la mediocridad. En este sentido es la corona, ornamento y esplendor de todas las demás virtudes.

A la magnanimidad se oponen cuatro vicios: tres por exceso y uno por defecto. Por exceso se oponen directamente:
a) La presunción, que inclina a acometer empresas superiores a nuestras fuerzas.
b) La ambición, que impulsa a procurarnos honores indebidos a nuestro estado y merecimientos.
c) La vanagloria, que busca fama y nombradía sin méritos en que apoyarla o sin ordenarla a su verdadero fin, que es la gloria de Dios y el bien del prójimo. Como vicio capital que es, de él proceden otros muchos pecados, principalmente la jactancia, el afán de novedades, hipocresía, pertinacia, discordia, disputas y desobediencias.
d) Por defecto se opone a la magnanimidad la pusilanimidad, que es el pecado de los que por excesiva desconfianza en sí mismos o por una humildad mal entendida no hacen fructificar todos los talentos que de Dios ha recibido; lo cual es contrario a la ley natural, que obliga a todos los seres a desarrollar su actividad, poniendo a contribución todos los medios y energías de que Dios les ha dotado.
2. LA MAGNIFICENCIA.- Es la virtud que inclina a emprender obras espléndidas y difíciles de ejecutar sin arredrarse ante la magnitud del trabajo o de los grandes gastos que sea necesario invertir. Se distingue de la magnanimidad en que ésta tiende a lo grande en cualquier virtud o materia, mientras que la magnificencia se refiere únicamente a las grandes obras factibles, tales como la construcción de templos, hospitales, universidades, monumentos artísticos, etc. Es la virtud propia de los ricos, que en nada mejor pueden emplear sus riquezas que en el culto de Dios o en provecho y utilidad de sus prójimos.

A la magnificencia se oponen dos vicios: uno por defecto, la tacañería o mezquindad, que en los gastos a realizar se queda muy por debajo de lo espléndido y magnífico, haciéndolo todo a lo pequeño y a lo pobre; y otro por exceso, el derroche o despilfarro, que lleva al extremo opuesto, fuera de los límites de lo prudente y virtuoso.

3. LA PACIENCIA.- Es la virtud que inclina a soportar sin tristeza de espíritu ni abatimiento de corazón los padecimientos físicos y morales. Es una de las virtudes más necesarias en la vida cristiana, porque, siendo innumerables los trabajos y padecimientos que inevitablemente tenemos todos que sufrir en este valle de lágrimas, necesitamos la ayuda de esta gran virtud para mantenernos firmes en el camino del bien sin dejarnos abatir por el desaliento y la tristeza. Por no tener en cuenta la práctica de esta virtud, muchas almas pierden el mérito de sus trabajos y padecimientos, sufren muchísimo más al faltarles la conformidad con la voluntad de Dios y no dan un solo paso firme en el camino de su santificación. Los principales motivos de la paciencia cristiana son los siguientes:
a) La conformidad con la voluntad amorosísima de Dios, que sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, y por eso nos envía tribulaciones y dolores.
b) El recuerdo de los padecimientos de Jesús y de María –modelos incomparables de paciencia- y el sincero deseo de imitarles.
c) La necesidad de reparar nuestros pecados por la voluntaria y virtuosa aceptación del sufrimiento en compensación de los placeres ilícitos que nos hemos permitido al cometerlos.
d) La necesidad de cooperar con Cristo a la aplicación de los frutos de su redención a todas las almas, aportando nuestros dolores unidos a los suyos para completar lo que falta a su pasión, como dice el apóstol San Pablo (Col. 1,24)
e) La perspectiva soberana de la eternidad bienaventurada que nos aguarda si sabemos sufrir con paciencia. El sufrir pasa, pero el fruto de haber santificado el sufrimiento no pasará jamás.

Veamos ahora los principales grados que pueden distinguirse en la práctica progresiva y cada vez más perfecta de está virtud.

1º. LA RESIGNACIÓN sin quejas ni impaciencia ante las cruces que el Señor nos envía o permite que vengan sobre nosotros.
2º. LA PAZ Y SERENIDAD ante esas mismas penas, sin ese tinte de tristeza o melancolía que parece inseparable de la mera resignación.
3º. LA DULCE ACEPTACIÓN, en la que empieza a manifestarse la alegría interior ante las cruces que Dios envía para nuestro mayor bien.
4º. EL GOZO COMPLETO, que lleva a darle gracias a Dios, porque se digna asociarnos al misterio redentor de la cruz.
5º. LA LOCURA DE LA CRUZ, que prefiere el dolor al placer y pone todas sus delicias en el sufrimiento exterior e interior, que nos configura con Jesucristo : <<Cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mi y yo para el mundo>> (Gal. 6,14); <<O padecer o morir>> (Santa Teresa); <<Padecer, Señor, y ser despreciado por Vos>> (San Juan de la Cruz). <<He llegado a no poder sufrir, pues me es dulce todo padecimiento>> (Santa Teresita).

Contra la paciencia pueden señalarse dos vicios opuestos: uno por defecto, la impaciencia, que se manifiesta al exterior con ira, quejas, murmuraciones y otras cosas semejantes; y otro por exceso, la insensibilidad o dureza de corazón, que no por motivo virtuoso, sino por falta de sentido humano social, no se inmuta ni impresiona ante ninguna calamidad propia o ajena.

4. LA LONGANIMIDAD.- Es una virtud que nos da animo para tender a algo bueno que está muy distante de nosotros, o sea, cuya consecución se hará esperar mucho tiempo. En este sentido, se parece más a la magnanimidad que a la paciencia; pero teniendo en cuenta que, si el bien esperado tarda mucho en llegar, se produce en el alma cierta tristeza y dolor, la longanimidad, que soporta virtuosamente este dolor, se parece más a la paciencia que a ninguna otra virtud.
<<La longanimidad es una virtud que consiste en saber aguardar. Saber aguardar a Dios, al prójimo y a nosotros mismos. ¿En qué? En el bien que de ellos esperamos, Por consiguiente, la longanimidad consiste en evitar la impaciencia que podría causarnos la demora o tardanza de este bien. Saber sufrir esta tardanza, he aquí, en realidad, lo que es la longanimidad. Por eso la llaman algunos: larga esperanza.
Es la virtud de Dios, que sabe aguardarnos a todos a nuestra hora; la virtud de los santos, siempre sufridos, siempre pacientes con todos. Grande y admirable virtud, que el apóstol San Pablo coloca entre los doce frutos del Espíritu Santo (Gal. 5,22)>>.

5. LA PERSEVERANCIA.- Es una virtud que inclina a persistir en el ejercicio del bien a pesar de la molestia que su prolongación nos ocasione. Se distingue de la longanimidad en que ésta se refiere más bien al comienzo de una obra virtuosa que no se consumará del todo hasta pasado largo tiempo; mientras que la perseverancia se refiere a la continuación del camino ya emprendido, a pesar de los obstáculos y molestias que vayan surgiendo en él. Lanzarse a una empresa virtuosa de larga y difícil ejecución es propio de la longanimidad; permanecer inquebrantablemente en el camino emprendido un día y otro día, sin desfallecer jamás, es propio de la perseverancia.
Todas las virtudes necesitan la ayuda y complemento de la perseverancia, sin la cual ninguna podría ser perfecta ni siquiera mantenerse mucho tiempo. Porque, aunque todo hábito o virtud, por comparación al sujeto donde reside, sea una cualidad difícilmente movible y, por lo mismo, persistente de suyo, la especial dificultad que proviene de la prolongación de la vida virtuosa hasta el fin ha de ser vencida por una virtud también especial, que es la perseverancia.

6. LA CONSTANCIA.- Es una virtud íntimamente relacionada con la perseverancia, de la que se distingue, sin embargo, por razón de la distinta dificultad que trata de superar; porque lo propio de la perseverancia es dar firmeza al alma contra la dificultad que proviene de la prolongación de la vida virtuosa, mientras que a la constancia pertenece robustecerla contra las demás dificultades que provienen de cualquier otro impedimento exterior (la influencia de los malos ejemplos); y esto hace que la perseverancia sea parte más principal de la fortaleza que la constancia, porque la dificultad que proviene de la prolongación del acto es más intrínseca y esencial al acto de virtud que la que proviene de los exteriores impedimentos, de los que se puede huir más fácilmente.

Vicios opuestos.- A la perseverancia y constancia se oponen dos vicios: uno por defecto, la inconstancia (que Santo Tomás llama molicie o blandura), que inclina a desistir fácilmente de la práctica del bien al surgir las primeras dificultades, provenientes, sobre todo, de tener que abstenerse de muchas delectaciones; y otro por exceso, la pertinacia o terquedad del que se obstina en no ceder cuando sería razonable hacerlo.

Medios de perfeccionarse en la fortaleza y virtudes derivadas. Los principales son los siguientes:
1º. PEDIRLA INCESANTEMENTE A DIOS.- Porque, aunque es verdad que éste es un medio general que puede aplicarse a todas las virtudes, ya que todo don sobrenatural viene de Dios (Iac. 1,17), no lo es menos que en orden a la fortaleza necesitamos una especial ayuda de Dios, dada la debilidad y flaqueza de nuestra pobre naturaleza humana, vulnerada por el pecado. Sin el auxilio de la gracia, no podemos nada (cf. Io. I 5,5), pero todo lo podemos con Él (Phil. 4, I3). Por eso en la Sagrada Escritura se nos inculca tan insistentemente la necesidad de pedir el auxilio de Dios, que es nuestra fortaleza: <<Tú eres ciertamente mi roca, mi ciudadela>> (Ps. 3o,4), y el que la da a su pueblo: <<Es el Dios de Israel, el que da a su pueblo fuerza y poderío>> (Ps. 67,36).
2º. PREVER LAS DIFICULTADES QUE ENCONTRAREMOS EN EL CAMINO DE LA VIRTUD Y ACEPTARLAS DE ANTEMANO.- Lo recomienda el Angélico Doctor como cosa conveniente a todos, y principalmente a los que no han adquirido todavía el hábito de obrar con fortaleza. Así va perdiendo poco a poco el miedo, y cuando sobrevienen de hecho esas dificultades, se las vence con intrepidez como cosa ya prevista de antemano.
3º. ABRAZAR CON GENEROSIDAD LAS PEQUEÑAS MOLESTIAS DE LA VIDA DIARIA PARA FORTALECER NUESTRO ESPIRITU CONTRA EL DOLOR.- El que se va acostumbrando a vivir a la intemperie, se considerará feliz y dichoso al encontrarse bajo tejado, aunque carezca de calefacción central. Si no aceptamos generosamente las pequeñas molestias inevitables: frío, calor, dolorcillos, contradicciones, ingratitudes, etc., de que está llena la vida humana, jamás daremos un paso serio en la fortaleza cristiana.
4º. PONER LOS OJOS CON FRECUENCIA EN JESUCRISTO CRUCIFICADO.- No hay nada que tanto conforte y anime a las almas delicadas como la contemplación del heroísmo de Jesús. Varón de dolores y conocedor de todos los quebrantos (Is. 53,3), nos dejó ejemplo con sus padecimientos para que sigamos sus pasos (I Petr. 2,21). Jamás tendremos que sufrir en nuestro cuerpo de pecado dolores comparables a los que Él quiso voluntariamente soportar por nuestro amor. Por grandes que sean nuestros sufrimientos de alma a cuerpo, levantemos los ojos hacia el crucifijo, y Él nos dará la fortaleza para sobrellevarlos sin queja ni amargura. También el recuerdo de los dolores inefables de María (<<¡Oh vosotros cuantos por aquí pasáis: mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor!>>: Lam. I,12) es manantial inagotable de consuelo y fortaleza.
5º. INTENSIFICAR NUESTRO AMOR A DIOS.- El amor es fuerte como la muerte (Cant. 8,6) y no retrocede ante ningún obstáculo a trueque de contentar al amado. Él es el que daba a San Pablo aquella fortaleza sobrehumana para superar la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro y la espada.

Suma Teológica. Santo Tomás de Aquino

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